En los poemas homéricos, La ilíada, La odisea, la vida de los seres humanos está completamente traspasada por la acción de los dioses. Estos, por lo demás, lejos de perfecciones y omnipotencias, se parecen bastante a la gente del común: se enfadan, sienten celos, se enamoran, conspiran y toman partido en las disputas humanas. El ser humano no era autónomo, estaba en constante conexión con una exterioridad sobrenatural que podía explicar algunos misterios de su existencia: desde la influencia del azar hasta los cambios en la conducta, pasando por el balance de las guerras o el resultado de las cosechas. Si un héroe adoptaba una postura valerosa o ideaba una argucia, se podía imaginar a la diosa Atenea infundiendo el valor o susurrando soluciones.

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