Hace muchísimo tiempo recibí una llamada en el periódico El Mundo, en el que fui tratado dignamente, excepto por los miserables habituales y genéticos, de derechas o de izquierdas (¿qué será eso, me pregunto desde hace demasiado tiempo, cuando todo está en función de quien te pague la nómina o el cargo?), en el que la voz telefónica de alguien presumiblemente anciano me preguntaba con exquisita educación si podíamos conocernos y tomar un café. Dudoso ante encuentros imprevistos con gente desconocida me sentí mosqueado ante lo imprevisto pero esa voz era tan afectuosa que le mostré mi acuerdo y lógicamente también le pregunté su nombre. Me dijo: Rafael y añadió después de unos segundos su apellido: Sánchez Ferlosio. Y casi se me cayó el teléfono del susto y le respondí: “no me vacile usted, el honor es para mí”.
Una larga conversación con Ferlosio
Durante cinco horas en una cafetería, el escritor y yo hablamos de casi todo lo humano y menos de lo divino, de drogas, del género negro en la literatura y en el cine, del estado de las cosas, tal vez un poco menos hediondo que ahora