Pedir comida a domicilio es una acción cotidiana, particularmente luego de la pandemia por covid-19. Basta con unos cuantos clics para que una aplicación asigne un repartidor y, minutos después, el pedido llegue hasta la puerta. Sin embargo, detrás de esa aparente inmediatez, cada artículo entregado es posible gracias a una inversión previa que no aparece en la aplicación ni en el recibo digital, pero que define quién puede —y quién no— participar en la economía del delivery .
Una herramienta indispensableEn México, el 54.8% de la población económicamente activa no trabaja desde oficinas ni bajo contratos tradicionales, de acuerdo con el Inegi. Se trata de personas que generan ingresos desde la calle, desde aplicaciones móviles y desde pequeños negocios personales, con un elemento en común: el smartphone. Para quienes dependen del reparto, no contar con un teléfono funcional implica quedar fuera del circuito económico. De acuerdo con The Competitive Intelligence Unit (The Ciu), el gasto promedio de un smartphone nuevo en México es de 4,657 pesos. A este monto se suma el costo del servicio móvil, que en promedio asciende a los 140 pesos, lo que generalmente incluye redes sociales y mensajería. Esto quiere decir que el gasto inicial para contar con una herramienta básica de trabajo sería de 4,767 pesos, sin considerar accesorios, reparaciones o reemplazos por desgaste. Para un repartidor, cuyo sueldo es de 10,037 pesos mensuales en promedio, de acuerdo con la bolsa de trabajo Indeed, esta inversión sería el equivalente al 47.49% de dicho ingreso.
La tecnología en la prácticaJoaquín trabaja como repartidor desde hace dos años y su experiencia permite dimensionar cómo estos costos se materializan en el día a día. El celular con el que trabaja es un Poco M8, que le costó 4,900 pesos. En su primer año de trabajo utilizó un paquete de datos de Telcel, por el que pagaba 300 pesos mensuales, pero los datos se le terminaban antes de concluir el mes. Posteriormente cambió a Bait; según relata, la SIM se la regalaron en Sam’s Club y actualmente paga 230 pesos por 30 días de internet ilimitado. Además del teléfono y el plan de datos, Joaquín invirtió en otros accesorios para poder trabajar, como un soporte para celular que compró en Temu, el cual protege a su equipo de la lluvia y por el que pagó 120 pesos. También adquirió una batería externa en Amazon por aproximadamente 300 pesos para no quedarse sin carga durante su jornada. Tomando en cuenta lo que Joaquín menciona, su gasto total alrededor de la tecnología fue de 5,550 pesos, es decir 55% del sueldo promedio de un repartidor. Cabe aclarar que esta es una inversión inicial, pues con el paso del tiempo el único gasto que se debe cubrir mes con mes es el plan de datos móviles.
Inversión más allá de la tecnologíaJoaquín no utiliza audífonos pero señala que muchos de sus colegas sí. El precio de éstos es variable, pero unos inalámbricos sencillos en sitios como Amazon y Mercado Libre rondan los 200 pesos. La tecnología no es el único gasto que asumen los repartidores. Al inicio de la expansión de las plataformas de delivery en México, algunas empresas entregaban mochilas, chamarras u otro equipo básico como parte del proceso de incorporación. Con el crecimiento del modelo y la consolidación del servicio, esta práctica fue desapareciendo. Hoy, los repartidores deben cubrir por su cuenta la mayor parte del equipo necesario para operar. Las plataformas venden mochilas oficiales —Uber Eats ofrece una por 825 pesos, mientras que DiDi comercializa modelos de 650 y 850 pesos—, pero su compra no es obligatoria. Expansión consultó a DiDi y Uber Eats para conocer el motivo tras el retiro de estas herramientas de manera gratuita o si recomiendan algunas en particular, pero hasta el momento de la publicación de este artículo no recibió respuesta. Joaquín recuerda que comenzó a repartir con un huacal de plástico amarrado a su motocicleta, que ya tenía. Más adelante compró una mochila no brandeada en un tianguis por aproximadamente 500 pesos. “Hace el trabajo”, dice, aunque el gasto salió completamente de su bolsillo. También las venden brandeadas, aunque no sea la plataforma quien comercializa. En Mercado Libre hay publicaciones que rondan los 870 pesos. Este tipo de artículos se caracterizan por ser térmicas, impermeables, acolchadas y con capacidad de entre 50 y 60 litros, ideales para mantener la temperatura de los alimentos.
Con el tiempo, Joaquín también invirtió en un impermeable para la temporada de lluvias, botas para motocicleta, un casco de mejor calidad y guantes, con un desembolso aproximado de 2,000 pesos. Si se consideran únicamente los gastos reportados por Joaquín, la inversión para comenzar a trabajar como repartidor con lo que él considera “lo necesario”, asciende a 8,050 pesos. Esta cifra no incluye el costo de la motocicleta o bicicleta, el mantenimiento, la gasolina, las reparaciones ni el reemplazo de equipo por desgaste. “No fue que yo llegara y comprara todo de jalón. Empecé con lo que tenía y ya trabajando fui comprando lo demás, poco a poco. A veces con lo que ganas en el día y también con las propinas, que sí alivian, porque de ahí sale para ir completando lo que hace falta” relató. Joaquín reconoce que lo más pesado es el inicio. Además de la inversión en equipo, el gasto constante en gasolina se vuelve uno de los principales retos del día a día. Sin embargo, considera que la flexibilidad de horarios compensa esas dificultades. En el caso de los repartidores que trabajan en bicicleta, el ahorro en combustible no se traduce necesariamente en mayor protección. A diferencia de otros empleos formales, la bicicleta, su principal herramienta de trabajo, no suele estar asegurada. Si es robada o se pierde, la responsabilidad recae completamente en el trabajador, quien debe absorber el costo de reposición o dejar de repartir. Se trata de otro riesgo invisible dentro del modelo de reparto por aplicación. Para Joaquín, la posibilidad de decidir cuándo conectarse, cuánto tiempo trabajar y organizar sus jornadas según sus necesidades personales es uno de los principales atractivos del reparto por aplicación, aun con los costos que implica.
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