El año era 1990, y la ficción criminal de procedimiento, el llamado police procedural, esto es, la ficción detectivesca basada en el trabajo cotidiano de la policía —su burocracia, las salas de autopsia, los laboratorios de muestras, las escenas del crimen como frescos de los que extraer al culpable a partir de restos biológicos—, era aún un territorio inexplorado. Y aún lo era más el de la mujer como miembro activo —como la heroína— de un género que la daba por muerta una y otra vez —pues la mujer era la víctima en casi el 100% de los casos relatados por cualquier policial—, y que lo sigue haciendo. Por eso es importante dejar clara desde el principio la importancia de Kay Scarpetta, la solitaria y dura, exigente a la par que vulnerable y superdotada, forense jefe creada por la escritora Patricia Cornwell a finales de los ochenta y cuyo primer caso, Post Mortem, se publicó en 1990.

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