La imagen del ciberdelincuente como un individuo solitario, encapuchado y frente a una computadora pertenece más a la cultura popular que a la realidad. Actualmente el cibercrímen opera cada vez más con una estructura empresarial, con bolsa de trabajo, reclutamiento activo y sistemas propios de capacitación conocidos como “universidades del cibercrimen. “Funcionan como organizaciones criminales con la misma organización que tienen muchas empresas corporativas y entidades educativas formales a nivel mundial”, dice en entrevista para Expansión, Rodrígo García, managing partner de BTR Consulting para México

Las rutas de entrada a las universidades del cibercrimen

El término “universidad del cibercrimen” es una metáfora, pues no se trata de instituciones formales como sí existen en Cambridge, Londres o el sur de Florida, donde el cibercrimen se estudia como disciplina académica y forense, sino de ecosistemas clandestinos de aprendizaje donde hackers y estafadores se capacitan y reclutan nuevos integrantes. Esa evolución, dice García, lleva tres décadas en marcha, de un hacker independiente y altamente especializado en los años 80 y 90, a organizaciones que hoy logran “una escalabilidad alarmante”, impulsada por la masificación de internet, la digitalización acelerada durante la pandemia y, más recientemente, la inteligencia artificial. Fátima Rodríguez, investigadora de seguridad de ESET Latinoamérica, distingue varios modelos de reclutamiento. En algunos países de África, como Nigeria y Hanna, actores de amenaza ponen a disposición recursos tecnológicos y de sustento para jóvenes en condiciones económicas precarias, a cambio de una deuda que después se cobra mediante coerción para ejecutar ataques. Existe también el acceso voluntario, en el cual personas buscan por decisión propia adquirir el conocimiento. En México, señala Rodríguez, este mercado se mueve por capas: empieza en foros de internet superficial o en redes sociales, avanza hacia canales de mensajería anónima como Telegram, y de ahí escala hacia la deep web y, finalmente, hacia comunidades de la dark web que requieren referidos para el acceso. Ahí comienzan los cursos, manuales y herramientas para técnicas específicas como phishing, carding o ransomware, con costos que van “desde unos cientos hasta algunos miles de dólares”, dependiendo de la técnica y del tipo de licenciamiento de software. García añade que existe otra vía más accesible aún, el “crimen como servicio”. En este caso, en lugar de “capacitarse”, cualquier persona puede suscribirse a un esquema tipo membresía en la dark web y recibir, por ejemplo, entre 10,000 y 15,000 registros de tarjetas de crédito comprometidas al mes, con una tasa de éxito estimada de entre 15% y 20% para cometer fraudes en plataformas de comercio electrónico.

El acelerador de la inteligencia artificial La misma herramienta, del otro lado

Ambos especialistas coinciden en que la IA está comprimiendo el tiempo y el conocimiento técnico que antes exigía convertirse en cibercriminal. Rodríguez apunta que ya existen chatbots diseñados específicamente para explicar el uso de herramientas de ataque a quienes no tienen formación técnica, además de sistemas de agentes capaces de desplegar campañas completas sin supervisión humana. García ilustra el riesgo con la clonación de voz, pues asegura que sistemas de IA pueden emular la voz humana con una precisión superior al 99%, lo que ha transformado el phishing tradicional, basado en correos y enlaces, en llamadas de voz donde un familiar o conocido resulta prácticamente indistinguible de la real. También advierte sobre sistemas capaces de probar millones de contraseñas por minuto y de construir, en cuestión de minutos, perfiles detallados de una persona a partir de fuentes abiertas. Este tipo de kits de phishing preparados que se venden en la dark web y en Telegram por menos de 25 dólares, según expuso NordVPN en marzo de 2025. Sin embargo, Rodríguez advierte que quien se acerca a estos espacios buscando sacar provecho del cibercrimen corre el riesgo de terminar del otro lado del mostrador. Explica que, una vez dentro de ese ecosistema, la persona ya no está tratando con proveedores confiables sino con delincuentes, y que uno de los riesgos más comunes es la extorsión. Frente a este panorama, ni Rodríguez ni García plantean un futuro sin salida. El consultor de BTR insiste en que la misma inteligencia artificial que ha acelerado la escalabilidad del cibercrimen organizado está disponible también del lado de la defensa, y que el verdadero cuello de botella no es tecnológico sino de talento. Mientras faltan 500,000 profesionales de ciberseguridad en América Latina, 77,000 de ellos solo en México, la curva de aprendizaje que antes tomaba años a un hacker especializado hoy se comprime gracias a herramientas de IA que cualquier equipo de defensa puede adoptar con la misma velocidad. "No es un camino irreversible", resume García, la brecha entre el desarrollo del cibercrimen organizado y la capacidad de respuesta institucional sigue siendo enorme, pero es una carrera donde ambos lados corren con las mismas herramientas.

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