Hay que subir hasta el barrio del Castillo, zona clásica de aperitivo y sol, para llegar a la tirolina de Cuenca. Son 15 minutos desde el parador, un paseo para sacudirse el frío pegajoso de enero. En la plataforma de salida, arnés fijo y casco en cabeza, es fácil creerse en Cabo Cañaveral. Entonces hay que dar un pequeño salto al vacío y abrir los brazos para sentir el viento, recomiendan Cristian y Begoña, sus detallistas y amables responsables. Y vaya si se siente: el cosquilleo de la ingravidez hace que uno se ría solo, jajajá, pero el descenso es plácido, lejos del vértigo de una montaña rusa. Adrenalina para todos los públicos.

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Rodrigo González, director de una orquesta de 200 cabras, en la granja en la que elabora quesos artesanos.Celina Quintas, coordinador del Museo Español de Arte Abstracto, explica que el museo organiza programas educativos para los niños: “Es una forma de educar la mirada, de entrar pronto en contacto con el arte”.

Redacción y guion:

Jaime Ripa

Coordinación editorial:

Francis Pachá

Fotografía:

Inma Flores

Diseño:

Juan Sánchez

Desarrollo:

Rodolfo Mata

Coordinación de diseño:

Adolfo Domenech