
Hay pasiones como vendavales: incontenibles. La de Pello Reparaz con la música responde a esos parámetros. Esforzado estudiante de trombón en un pueblito navarro de apenas 1.000 habitantes, muchacho espigado pero torpón en las pachangas de baloncesto, el chaval no cejó en implorar a su padre que le llevara a los locales de ensayo de Alsasua, a 13 kilómetros de su localidad, por si alguien le concedía la oportunidad de soplar algunas notas a su vera. Todos aquellos roqueros melenudos miraban con indulgencia y estupor a aquel mocoso tímido de pueblo, hasta que los integrantes de una de aquellas bandas ignotas se apiadaron de él:
