Manolo Solo era el mejor actor español del momento como saben y reconocen sus compañeros. Pero era un genio del silencio, de la voz baja, de la mirada indirecta. Podía ser un hombre tímido o un sujeto temible, un don nadie o un poderoso sin escrúpulos, el más bueno o el más turbio de esos mundos oscuros que a menudo frecuentaban sus personajes. Y todo ello sin que nadie se diera cuenta hasta que los hechos de la película terminaran por desvelarlo. Parecía que no estaba, pero cuando menos te lo esperabas se aparecía y, como en aquella magnífica Tarde para la ira, ganaba el Goya que nunca debió abandonarle.

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