Cuando Italia conquistó su cuarta Copa del Mundo en Alemania 2006, Little Italy enardeció. La principal arteria del distrito neoyorkino, Mulberry Street, dejó para la historia una de las celebraciones deportivas más sonadas que se recuerdan en la ciudad. “La gente se volvió loca, estuvieron hasta el amanecer. Los restaurantes, los puestos de comida y las tiendas lo vendieron todo. Estaba todo lleno de banderas italianas”, recuerda Anthony Ricci, dueño de Benito One, uno de los pocos restaurantes regentado por italianos que aún quedan en la pequeña Italia de Nueva York. Camareros tampoco hay muchos que hablen italiano pese a la abundante hostelería que mantiene el reclamo de lo transalpino en sus luminosos. Los albaneses, por proximidad geográfica, si dominan el idioma y ofrecen asiento con la carta en la mano. La extensión del área en la que los primeros migrantes italianos, la mayoría napolitanos y sicilianos, se establecieron a finales del siglo XIX para hacer real el sueño americano también se ha reducido, engullida por la pujante Chinatown.

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