“El deporte no es sano, es mejor dejarlo”, solía repetir la madre de un amigo. Lo decía desde la experiencia personal: cada vez que su hijo salía de casa a correr o a jugar un partido de fútbol con los amigos, regresaba lesionado. O al menos esa era la sensación que le quedaba a ella. Que si un día la rodilla, que si otro el tobillo… Lo que la madre del chico no sabía -quizás porque ella no era deportista- era que más allá de que el ejercicio físico tenga más o menos virtudes, hay algo incuestionable: que el deporte es muy ingrato. Se puede estar toda una vida entrenando, dejarlo dos semanas y, a la vuelta del receso, encontrarse con lo desagradecido que puede llegar a ser. Y es como una bofetada.

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